Alvaro Urkiza

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Olas, osos y ballenas: Surf en Canadá (I)

Antes de entrar a surfear, Kyle observa el mar de manera automática. Tú nos acompañas. Atravesamos con paso rápido los últimos metros de bosque antes de pisar la arena. Periplo forestal, enramada de pasos, eslalon troncoso que lleva hasta la playa, al surf en Canadá. Kyle espera no distinguir aletas de orca cerca de la orilla. Y se alegra de no cruzarse con osos esta mañana de verano.

Tu, que me lees y estas aquí, te maravillas con la altura de los arboles infinitos, con la ausencia de casas durante millas y con la vastedad del arenal. El cielo brilla en la isla y las águilas de cabeza blanca planean las térmicas que llegan desde las montañas nevadas del interior.

Hemos llegado conduciendo y a través del mar. El ferry que deja el continente sale de Tasawwassen y navega entre islas arboladas hasta desembarcar en la mayor de todas, la isla de Vancouver. Aparcar la autocaravana en la bodega del barco cura el complejo de gigantismo que te producían sus dimensiones; pareces un enano de cuatro ruedas encogido entre desmesurados tráilers personalizados por sus conductores. En la navegada distingues desde cubierta calas arenosas en esas islitas verdes, casas idílicas en las orillas, pequeños cabos y faros diminutos. Inevitable y delicioso soñar con una temporada allí aislado de todo.

La carretera que se dirige al norte por la cara interior de la isla atraviesa pueblos muy norteamericanos, asentamientos colonos rodeados de arbolado, industria maderera y de pesca, alguna cadena de restaurantes inevitable en su feismo corporativo y una plaza de rodeo en las afueras. Las granjas de caballos y vacas decoran con sus rebaños y graneros las praderas desforestadas al lado de la Highway 1. Pero todo esto cambia cuando comenzamos a atravesar los caminos montañosos hacia la costa exterior, la que mira al oeste, al Pacífico, a las puestas de sol.

Cada vez más escasa la presencia humana durante los 200 kilómetros que separan una costa de la otra. Se retuerce la ruta, se estrecha y se asoma a precipicios, abismos, cortados y vacios que sobrecogen. Subimos rápidamente, las huellas de los aludes del deshielo reciente están por todas partes. Las cumbres nevadas y las nubes añaden dramatismo a las enormes proporciones de las montañas. Sus cumbres se reflejan en lagos deshabitados por nuestros congéneres pero llenos de vida. Llueve, después nieva, conducimos despacio y en silencio, desviando un segundo la mirada de la carretera para capturar un glaciar en la retina, una enorme cascada entre los árboles, un claro en el bosque eterno con un ojo de agua sin nombre.

Los enormes cedros llenos de musgo se agrupan esbeltos tapizándolo todo y parece que se apartaran lo justo para dejar pasar a nuestro auto. Escoltan serios pero no enfadados nuestra llegada al océano Pacífico. Su espesura está llena de presencias que contemplan tranquilas la emoción que nos traspasa cuando distinguimos las olas y sobre ellas la silueta majestuosa de un águila. Tofino, la meca del surf en Canadá, se distingue allí abajo, en el perfil de la costa.

(Continúa en: Olas, osos y ballenas- Surf en Canadá 2)

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