Alvaro Urkiza

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Nueva Zelanda en furgoneta: 40 días y 12.000 Kilómetros

Recorrer las dos islas de Nueva Zelanda en furgoneta es uno de los sueños de todo viajer@. Y con razón: este país fascinante es ideal para rutearlo por carretera y disfrutar la independencia que proporciona conducir y dormir en tu propio vehículo. La sensación de libertad y aventura, la privacidad y cercanía con la naturaleza, convierten este viaje en una autentica experiencia.

Elegir tu furgo

En internet hay muchas páginas que asesoran sobre las principales compañías de alquiler de furgonetas. Aunque te ajustes a un presupuesto, no es aconsejable elegir la más barata por sistema; del funcionamiento y confort de tu «casa con ruedas» dependerá el éxito de tu viaje. ¡Y son muchos Kilómetros de maravillas como estas!

Llegamos a la Isla Norte

Aterrizamos en Auckland y allí mismo recogemos la furgoneta, que revisamos bien antes de salir. GPS y mapas, más una buena dosis de paciencia, nos ayudan a salir de la enmarañada red de carreteras que rodean la capital de Nueva Zelanda. Una vez pertrechados de todo lo necesario: comida, bebida (excelentes vinos por todo el país) y complementos básicos, partimos, entusiasmados. Pero, ¿a donde nos dirigiremos en este primer impulso aventurero?

Lo más recomendable es tener un destino cercano y asegurado para esa primera noche, un camping relativamente cerca de Auckland donde dormir y descansar de esas intensas emociones nada más aterrizar. Con un desplazamiento corto también te acostumbras al sentido del tráfico, el opuesto a España. Se circula por la izquierda, con el asiento del piloto en el lado derecho del vehículo.

Nueva Zelanda en Furgoneta

Pero la velocidad media es baja, el conductor Kiwi es amable y hay lugar para aparcar en casi todas partes. Es cierto que a veces los caminos son sinuosos o estrechos, sin asfaltar, o ¡incluso de arena!. Pero merecen la pena, no tienen un riesgo real si eres mínimamente responsable, y te llevan a rincones extraordinarios como estos.

Primeros destinos en Nueva Zelanda

Ya acostumbrados a nuestra nueva furgoneta, pequeña pero acogedora, nos dirigimos al extremo noroccidental de la isla norte, recorriendo las (evidente nombre!) Northlands. Subimos despacio por el lado oeste hasta el extremo más mágico de la isla, el Cabo Reinga, lleno de leyendas y belleza sobrecogedora, a mas de 100 Kilómetros de cualquier ciudad. Bajamos también pausadamente por el otro lado de la isla, disfrutando de las sorpresas maravillosas que te da usar el Google satélite y perderte por calas, bosques, ensenadas y rías.

Una sensación especial comienza a envolvernos. No hay prisa, fábricas a la vista, embotellamientos o vallas publicitarias. No sentimos el lado oscuro del mundo occidental, el feísmo corporativo que envuelve Europa en su mayoría. El silencio se impone y la concentración sosegada aparece para quedarse. Estamos ya contagiados de Nueva Zelanda.

Si, como nosotros, buscas rincones alejados del turismo más popular, lugares que transmitan verdadera paz, tienes que seguir una simple regla en Nueva Zelanda: mira a tu alrededor con curiosidad y ve más allá de los circuitos establecidos. De ellos encontrarás información en abundancia por todas partes. No siempre, pero generalmente están sobrevalorados, sobreexplotados, y han perdido su magia si la tuvieron.

En su lugar, sugerimos buscar joyas sencillas como el área de Opononi, el norte de la península de Coromandel, la bahía de Hicks o la de Hawke… Hay muchos tesoros en cada uno de estos puntos de la isla norte y muchos más si profundizas con calma fuera de los destinos populares.

Sentimos la esencia Maorí de estas tierras llenas de energía mestiza y natural. País sin serpientes, sin carnívoros peligrosos, sin amenazas y donde se espera erradicar el tabaco en 2025. Las ovejas triplican la población humana y el Kiwi, una ave prehistórica nocturna, esquiva y terrestre, es el símbolo nacional. El espíritu general es pionero y fronterizo, marginal y excéntrico. Nueva Zelanda vive fuera del resto del mundo. Y por elección propia.

La isla sur

Poco a poco, y disfrutando el detenernos en lugares fantásticos donde hacer free camping (eso si, respetando escrupulosamente las prohibiciones y dejando todo absolutamente limpio), bajamos hasta el Ferry que separa las dos islas de Nueva Zelanda. El país resulta muchas veces como un enorme jardín, como un parque natural gigantesco. Los Kiwis son muy cuidadosos con su entorno, están muy concienciados de su valor y respetan el medioambiente con veneración heredada de los ancestros Maoríes. No encontrarás abundantes contenedores de basura; los residuos que generas te los llevas.

Tras un viaje apacible y divertido con la furgo en el Ferry, rodamos ya el norte de la isla sur. ¡Es prodigiosamente bella! La naturaleza se disloca más si cabe, las montañas son mas altas, los lagos más azules. La flora y la fauna más salvaje y variada. El clima se endurece y se pinta de glaciares y pingüinos, de pueblos de piedra de ascendencia escocesa y de leones marinos.

Rodamos sin prisa estas tierras bendecidas, hospitalarias y bellas. Nos acoge el viento del Pacífico, el helecho y la vid. Es inevitable no soñar con permanecer aquí para siempre, como en un espejismo detenido en el tiempo, fuera de la pesadilla urbana occidental, de la atmosfera enrarecida de Europa. Hay una posibilidad de paraíso en NZ. Y sin duda esa posibilidad nos acompañará a muchos miles de Kilómetros de aquí, llamándonos con voz pausada y profunda. ¡Hasta pronto Nueva Zelanda!

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