En el barrio, la terraza del bar suena a tragaperras y a tráfico. En la acera soniquean las máquinas su musiquita desesperanzada, que no desesperada. A cada moneda que va y que no vuelve pasa otro autobús y da sentido a la mañana.

La desesperación ni se ve ni se entiende en estas calles sin gracia ni desgracia. La desesperación es un lujo que solo se permiten los poetas ricos. Aquí se juega a las tragaperras, se bebe barato, se fuma mucho y se consume uno sin pizca de desesperación. Y se vive tirandillo, como norma. En los piropos multiraciales y en el fútbol, los autobuses y las tragaperras. Sobre todo en ellas, que no callan y llenan nuestros silencios.

Vivir a la espalda de la vida que te da la espalda. Un espaldarazo vital, crónico. Un gran soplo de aire tóxico. Aun así, persisten formas de vida empecinadas en seguir adelante por puro instinto y branquias. Porque, de natural, el ritmillo tragaperruno no dura mucho gastando estas aceras. Te mueres antes.

El jubilado rural trasplantado al asfalto, chocho perdido por la camarera ecuatoriana, ya está criando malvas. La familia marroquí que llama al portero automático comentando el día en el colegio sabe que siempre será culpable. El borracho sobrio de mirada perdida ni pestañea a ese infinito de mierda que él solo ve. Y los coches pasan muy cerca y los autobuses se detienen, vomitan y continúan.

Que maravilla de calles sin gracia, pero sin desgracia. Balcones, alquileres vulnerables y población mutante. No hay puestas de sol y sí sombras de azoteas. Y es que el aguante del loser es infinito, como sus ganas de no morirse todavía. Cotidianos solos pero siempre acompañados. Aquí nunca se mira lejos ni alto, se camina con los ojos bajos y cegados por el infiniquito de mierda, el gris, el que toca. Pero dramas cero, si ni nos damos cuenta. No hay espejos en el barrio y es mejor así.

Aquí se recicla religiosamente la mierda en varios credos: musulmán, croata y beodo. Ludopatías las justas, seamos serios. En el barrio nadie sabe mas de lo estrictamente necesario. Que la solidaria temeraria, esa que da fuerzas para seguir siendo vulgar sin un lamento, nos acompañe un fin de mes más.

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La clave es sencilla: buscar un pasatiempo, el que sea. Y seguir viviendo, respirando, caminando estas aceras. Que llegue el dinero para fumar, beber y comprar ropa sencilla, sin gusto ni disgusto. Y pa las tragaperras. Es la ley, y no da para mucha duda. Así es y será para siempre en el barrio, en todos los barrios.

La banda sonora es tráfico y tragaperras que chillan en su idioma secreto. Que chillan de pasos de cebra y aceras sucias. De cajeros  hogareños y apestosos por la mañana, de camas de cartón. Tragaperras que chillan bajito un mantra cotidiano y semitóxico. Las tragaperras tragan perras y tu ni te lo piensas. Bitch.

En el barrio no hay museos. Ni turistas. Eso que se ahorran. En el barrio los museos están de luto y los tours brillan por su ausencia. Ay, que ausencia. Ni se nota. Lo único que brilla aparte de la barra grasienta del bar y la sonrisa careada del borracho es el contenedor de basura. Y la repetición de los días miserables.

Traga perras la maquinita, la muy jodía. Y las miradas se cruzan de reojo leve, llenas de pertenencia y de asunción, de ser rata que mira sin mirar, que vive de espaldas a la vida que te da la espalda. Inventando ritmos nuevos, rutinas sencillas, maneras de vivir, maneras de vivir.

Almas sin cara, sin rostro, almas automáticas. Putas jubiladas aún enganchadas a la vida misma, merodeando las terrazas en parejas de culo caído. Bien malvestidas de los chinos, vaginas demacradas pero vivas, de ajo y agua. Desfilando erráticas sin dudar un segundo en cada curva y quiebre, decididas a decidirse de una vez por todas, mañana mismo o, si eso, después.

Portal, cajero, sucursal halal, tienda de los chinos, ferretería y taller médico de automóviles. Y entre cada dos, otro bar igualito al que rutina la mañana de tanta alma de barrio, discreta, fea y pertinaz. Que alegría, que alborozo, un tanatorio en la esquina y obras en la callejuela. Los pisos se encaraman haciéndose los serios porque son de piedra mala, ni gitana ni paya. Y gritan, ¡Que suenen las tragaperras!

Publicado por Alvaro Urkiza

Transeúnte, surfista, escritor, persona.

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