Los impertérritos de Johnson contemplan el discurrir de la vida desde el arcén de la carretera R61. En el ajetreado cruce de Mathatha con Rhodes no hay espacio para el aburrimiento bajo el sol del mediodía.  Estos dos filósofos sudafricanos se complacen observando el trasiego de personas, animales y vehículos sin cansarse nunca de su caos ordenado.

Las pequeñas furgonetas taxi circulan recogiendo y depositando pasajeros, ajenas a los bocinazos y a los gritos de peatones y demás conductores. Se cuelan sin dudar frente al sobrecargado camión en una maniobra suicida, adelantan por la izquierda a un rebaño de cabras, paran súbitamente frente la salida de la gasolinera o sobrepasan al coche de policía con un guiño.  Mientras tanto, las gallinas, sueltas y también impertérritas, picotean la basura que se distribuye ecuánime por todos lados.

Sudáfrica es país de fauna legendaria y el cruce de la R61 está sin duda a la altura de cualquier reserva natural. Abunda aquí todo tipo de animales en libertad. Gallinas callejeras disputan restos de basura a perros sarnosos que veremos algún día tapizando el asfalto. También merodean a nuestro alrededor gatos, cabras, vacas, caballos famélicos, ovejas y hasta cerdos. A las ratas se les intuye en sombras deslizándose a la carrera hasta que anochece, cuando conquistan el espacio y pasean a sus anchas.

Hoy, para deleite de nuestros dos protagonistas, es día de mercado. El colegio acaba de cerrar sus puertas y grupos de jóvenes de uniforme azul y blanco curiosean entre los puestos que se alinean en los margenes de la carretera. Mujeronas de edad indefinida y porte imponente examinan concentradas distintas clases de cazuelas de metal o plástico. Sostienen bebes atados con telas a su cuerpo e inverosímiles cargas en equilibrio sobre la cabeza.

La densidad del cruce es intensa. Este abarrotado escenario de la vida representa una obra magistral todos los días. Conocedores de ello, los impertérritos no faltan a su palco reservado, apoyados en el talud del almacén de ladrillos Johnson. Bajo las letras ya casi borradas del cartel se sientan, armados con dos botellas de refresco rellenas con aguardiente de caña. El calor aprieta ya cuando han terminado la primera y el mercado hierve en su momento de mayor animación. Una brisa suave pero persistente levanta nubecillas de polvo que se mezclan con el humo de los motores. La ausencia de silencio es colosal; los aromas se superponen unos a otros en un diseño revolucionario que no resulta ni agradable ni tampoco lo contrario.

Se acercan charlando a la altura de los impertérritos dos figuras conocidas: un joven rastafari que cojea y a su lado un albino que sostiene en alto una caja de cartón. Por sus ademanes los impertérritos adivinan que la pareja dirime una cuestión de importancia capital y, como es  habitual en ellos, les interpelan movidos por la curiosidad.

-Zareb, Ntesi, buenos días amigos -corean casi a la vez- ¿podemos saber qué es lo que os sucede y a donde os dirigís si no os molesta compartirlo con nosotros? Es evidente que algo ha ocurrido y que dudáis como afrontarlo. Sentaos, bebamos un trago y contad. Quizás nuestra experiencia y consejo pueda serviros de ayuda.

(Continúa)

Publicado por Alvaro Urkiza

Transeúnte, surfista, escritor, persona.

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