El cadáver encontrado en Tindrell Beach esa mañana no era el de un ahogado cualquiera. El informe del forense Porter llegó temprano a mi mesa y no dejaba lugar a dudas. El cuerpo pertenecía a un joven de alrededor de 25 años, sin ninguna identificación personal, varado en la orilla al amanecer. Hasta ahí nada fuera de lo habitual. Borrachos, imprudentes nadadores nocturnos o incluso suicidas son encontrados a menudo en la playa. Pero este caso, este muerto, no era uno más. Era el inicio de un infierno de sangre, salitre y asesinatos.

La mujer que descubrió el cuerpo paseaba a su perro como cada mañana y pensó en un primer momento que era un juerguista inconsciente. Pero al separar a su caniche del fallecido descubrió la herida abierta y sangrante en su estomago. Tras la primera autopsia, Porter descartaba cualquier otra causa de la muerte del joven: no había agua en sus pulmones ni restos de alcohol o drogas en la sangre, había muerto debido a una profunda herida en el vientre producida por una quilla de surf de gran tamaño.

Jack Porter puede ser calificado por muchos como un cabrón escurridizo y un surfista tarado, pero en el departamento todos sabemos que es el mejor policía forense del estado de California. Ello no impide que cada vez que le hago una visita tenga que tomar una pastilla para la acidez de estomago. Su despacho es una cueva con vistas al océano Pacífico en la comisaría numero 3 de San Diego, llena de estrafalarias esculturas, fotos de surf y exóticos recuerdos de sus viajes buscando olas perfectas por todo el mundo. Entré sin avisar y me lo encontré sorbiendo un cuenco de mate con los pies calzados con sandalias cruzados sobre la mesa. Cuando, sin saludar, le pregunté por los detalles de su informe sobre el cadáver de Tindrell Beach, Porter sonrió sorbiendo mate y me contestó con un tono casi alegre.

-¡Un quillazo mortal! ¡Ha! Sin duda no ha sido un accidente, Rodriguez. Afilaron la quilla de fibra hasta convertirla en un verdadero machete. Una Greenrough de 9 pulgadas. Un timón de tabla legendario, una aleta para longboarders con buen gusto. Y para asesinos fetichistas, quizás.

-¿Quieres decir que clavaron una quilla de tabla de surf en el estomago de ese desgraciado, Porter?

-Así es, compañero, y aunque se que los de homicidios habéis visto casi de todo, eso no es lo más extraño del caso.

-¿Te parece poco que un fiambre aparezca en la playa con una aleta de fibra incrustada en las tripas?

-Una Greenrough de 9 pulgadas.

-Si, si, eso ya lo has dicho, maldita sea. ¿Y qué sabemos del muerto?

-Ummm…- Porter se incorporó y sujetó la carpeta del informe leyendo los datos en voz alta. – El ADN y sus padres nos lo han confirmado. Es Mick Delaney, surfista profesional de 24 años, una verdadera promesa local y campeón estatal de longboard. Un gran virtuoso del tablón.

Al ver mi expresión de desconcierto, Porter puntualizó sonriendo otra vez:- Tablón, longboard, tabla de surf larga, querido Rodriguez. Ya sé que no tenéis de eso en el valle, amigo. Surf en tablas grandes, deslizamiento elegante y nostálgico, fuera de la radicalidad moderna de los surfistas de tabla corta. Una disciplina en auge, una verdadera secta de amantes del fluir más clásico. Con la ola y no contra la ola.

-No divagues Porter, y ciñete a lo importante. Y de este Delaney, ¿sabemos algo más? Su vida, amistades peligrosas, drogas, ¿amantes despechadas tal vez?

-Bueno, sabemos por sus padres que era la estrella del Tindrell Surf Club, que no tenía novia fija conocida y que los patrocinadores se peleaban por tenerlo en su equipo. Sin antecedentes, de hábitos corrientes, deportista, ambicioso. Fiel a su marca de tablas de siempre, Border Surfboards, del shaper Skip Lonnis.

-¿Shaper?

-Si, el artesano que creaba las tablas a mano para él, una especie de artista en vías de extinción con la invasión de las tablas hechas en cadena por los chinos. La máquina sustituye al talento y abarata el producto quitándole su magia.

-Ya, un tarado de las olas más. ¿Y enemigos, rivales, posibles sospechosos?

-Bueno, a nivel local era adorado por todos, al menos públicamente. Sus vídeos triunfan en internet. Popular, joven, guapo y de éxito. A un sujeto así siempre se le envidia. Pero de eso a clavarle una quilla en el abdomen hay todo un mundo. Ah, y se preparaba para estar en el equipo que nos representará en las olimpiadas de Tokio 2020.

-¿Surf en las olimpiadas de Tokio?

-Si, Rodriguez, la ola del surfing aumenta y lo arrastra todo a su paso- contestó Porter levantándose y mirando al mar por la ventana.- No tenemos mucho más que esto por ahora. Quizá sea buena idea que mande a Blondi a hablar con la gente de su club y tu podrías hacer una visita a su shaper, creo que su taller está cerca de tu casa, en Lockwood.

-¿Interrogar a un shaper, a otro chalado de las olas? Solo si tú me acompañas, maldito vagabundo de playa.

Porter pareció dudar un momento pero se rehizo y respondió con un cabezazo de asentimiento y estas palabras: -Ok Rodriguez, iremos a ver a Skip Lonnis. Ah, se me olvidaba, lo mas peculiar del caso es lo de los dedos.

-¿Los dedos?- Volví a preguntar odiándome a mi mismo por hacerlo de nuevo. Ya empezaba a sentir que este caso apestaba, mi instinto de policía de secano me decía que del maldito mundo del surf solo podía salir algo realmente malo. Y ahora los jodidos dedos. -¿Qué pasa con los dedos?

-Con dos dedos de la mano derecha, exactamente, Rodriguez. El pulgar y el meñique, los que se utilizan para el shaka, el saludo surfero. Al joven Delaney le han cortado esos dos dedos antes de morir. Con la misma quilla con la que le asesinaron. Y los tenía en la boca.

Capítulo segundo

La Bahía de Tindrell describe un amplio semicírculo bordeado por uno de los escasos bosques dunares que quedan al sur de California. Colinas verdes descienden suavemente hasta la playa, más de una milla de arena dorada a orillas del Pacífico. Miles de aves migratorias reposan en sus marismas cada año y el aroma del espliego y la manzanilla de arena inunda el ambiente.

Tindrell es uno de los lugares favoritos de los surfistas californianos desde los comienzos de este deporte en Estados Unidos, un spot con buenas olas en muchas ocasiones y un refugio natural para las almas que buscan libertad y salitre. Hoy en día representa una meca de visita obligada para todo surfer y en la que una tribu de pintorescos locales de la playa da un color auténtico al lugar. El amplio parking construido respetando el sistema dunar está siempre lleno de coches y furgonetas y de surfistas que vienen o van sosteniendo sus tablas o mirando el mar para ver si las condiciones son propicias.

Cuando Blondi McGowan, inspectora del departamento de homicidios adjunta a la policía forense y a las ordenes de Jack Porter, se bajó allí de su todoterreno, muchas cabezas se giraron para admirar su figura. Rubia, de casi un metro ochenta, con un físico prodigioso esculpido por la dieta sana y el ejercicio, Blondi encarnaba sin duda el arquetipo de belleza californiana. Pero aquellos que, engañados por su luminosa sonrisa y su bello rostro, le faltasen al respeto sin acatar su autoridad o trataran de propasarse con ella, sabrían que era mucho mas que una hermosa mujer. Blondi llevaba en el cuerpo de policía apenas unos años más su reputación de dureza y determinación le precedían cuando fue asignada al departamento forense.

Las ordenes de Jack Porter eran claras, visitar el Tindrell Surf Club para averiguar lo que pudiese sobre el asesinato de la joven promesa del surf estatal Mick Delaney. La elección de Blondi para el trabajo también estaba clara: ella, al igual que el forense, era una surfista  de alma que pasaba entre las olas tanto tiempo como le era posible desde su infancia. Ademas conocía bien Tindrell Beach, donde había surfeado en muchas ocasiones.

-¡Ey, rubia!- resonó en el parking. Con un gesto automático Blondi se giró y llevó la mano derecha al costado, donde, bajo la sudadera deportiva, llevaba su arma reglamentaria. -Si, tú, rubia, ¿qué buscas por aquí?- La voz venía de un grupo de surfistas en bermudas apoyados sobre una furgoneta con tablas, bebiendo cerveza mexicana tras su sesión de olas. Blondi sonrió al reconocerlos.

-Lo mismo que tu y tu panda de kooks, Curtis.- Respondió la joven dirigiéndose a ellos- ¡Creía que ya habías dejado de surfear y te dedicabas a jugar al pinpong, inútil!

-Pues te equivocabas, inspectora.- contestó el tal Curtis, un joven bronceado de rostro pecoso y sonriente, estrechándole la mano al modo surfero, con un sonoro apretón en vertical.- Cuanto tiempo sin verte por aquí. No has traído tus tablas, imagino que solo has pasado a vernos y aprender por fin como se hace surf…

-Algo así, patán del valle, algo así. Voy al club  de surf a charlar un rato con el presidente sobre un socio, Mick Delaney. Le encontraron muerto ayer de un quillazo.

-¿Un quillazo? Joder Blondie, la peña va como loca en el agua, cada día tenemos mas accidentes, demasiada gente, aprendices sin conocimiento ni respeto y radicales de pega que no controlan. Todos los spots están masificados.

– No fue surfeando, pedazo de animal. Le habían clavado una Greenrough de 9 pulgadas en el estomago.

-¡Joder! ¿A Mick? Delaney era un buen tipo, un crack del tablón, aquí todos le conocemos. No parece la clase de tío que se mete en líos y acaba asesinado.

-Lo sé, Curtis, por eso hay que aclarar cuanto antes quien y porqué se cargó al bueno de Mick. Y las respuestas empiezan aquí, en el Club de Surf de Tindrell Beach.

Capítulo tercero

Después de llamar a Blondi para enviarla a Tindrell, Jack Porter volvió a la cama. Jack despierta a veces muy temprano y otras no tanto. Tras examinar ayer el cadáver del surfista asesinado, algo se revolvió en su interior. Informó a Rodiguez de los detalles y bebió unas cuantas cervezas de más viendo vídeos de surf antiguos, de los años setenta, los mismos años en los que él comenzaba a despuntar en la escena surfera del sur de California.  Alcohol, nostalgia de un tiempo que nunca volverá, amargura por el cambio sufrido por la costa, el deporte de las olas y la vida misma. Mala receta. Por eso hoy es uno de esos días en los que el Inspector Jefe del Departamento Forense amanece tarde envuelto en tinieblas de persianas bajadas, culpabilidad y resaca.

Jack ha intentado muchas veces dejar el surf, desligarse de las olas, del ritual de los amigos de la playa. Inútilmente. A pesar de que ya no encuentra el salitre y la brisa sin limites de su juventud, la magia preinternet. Creció entre olas y ese viento terral que rompía horizontes cada día y abría sueños. Un aire que cambiaba las cosas a mejor con cada sesión de surf. Ese viento cesó; ahora es un aliento fétido que apesta a moda y negocio, a fotos en redes sociales. Para Jack, el surf ha perdido su alma natural, mística y ecológica, de descubrimiento alternativo, de respeto. Quizá nunca la tuvo. Se ha convertido en una moda superficial de fin de semana, en un gran mercado que las marcas utilizan para vender un estilo de vida atractivo a miles de ciudadanos consumidores. Se ha masificado, vulgarizado, ha muerto. Pero las olas siguen siendo las mismas. Y Jack sigue surfeando.

Cuando esa sensación de pérdida arrecia, Jack desaparece sin dejar huella durante días. Sus compañeros de la policía ya entienden y toleran esas ausencias. Le conocen, al menos conocen sus hábitos de ermitaño costero. Jack escapa a la península mexicana de La Baja California en su vieja furgoneta y “limpia el alma” surfeando spots solitarios. Sesiones de naturaleza básica, silencio, olas y deslizamiento que serenan su ánimo y le llenan, al menos temporalmente, de fe en la humanidad y energía del océano.

Entonces regresa y en la comisaria nadie hace preguntas. Saben que  haber conocido una costa impoluta, poblada por unos pocos amantes del mar, y verla destruida en solo tres décadas no se supera fácilmente. Por menos que eso, otros se han convertido en locos amargados, en cínicos violentos o en depresivos bipolares. Como Jack, en cierta manera.

El forense surfista  tiene buenos ratos a pesar de todo, socializa y ha aprendido a no dejar salir muy a menudo al demonio iracundo que lleva dentro. Ese diablo justiciero que desea la muerte de todos los recién llegados a sus playas, al mar y sus olas, de todos los tóxicos amantes de la iglesia del postureo y la masificacion. El exterminio de todos los nuevos surfistas atados a internet, el GPS y la comodidad de lo digital. Aunque de odiar ese estado de cosas a clavar una quilla Grenrough en el vientre de una joven estrella del longboard californiano hay todo un mundo. Y él jamas sería capaz, piensa, convenciéndose de ello a duras penas. Porque las olas siguen siendo las mismas. Y porque ya es hora de hacer una visita al shaper Skip Loonis y saber algo más sobre la muerte del joven Delaney, un buen surfista

Capítulo cuarto

Publicado por Alvaro Urkiza

Transeúnte, surfista, escritor, persona.

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