alvaro urkiza

El Loro Borracho existe. Es la Taberna donde puerto y playa se funden sobre el arrecife, un espacio mágico y mestizo donde todo es posible. Se encuentran allí mundos conocidos y desconocidos y se funden bajo el sol limpio de la manera más armoniosamente desordenada. 

De camino a El Loro Borracho las olas cantan cuando te acercas por la orilla. Cantan sagas sencillas y borran tus pisadas sobre la arena blanca sembrada de plásticos, conchas y maderas limadas por el mar. Todo da forma a un sueño hecho realidad: latas y botellas, algas, redes rotas, cocos abiertos y presencias. El Trópico que soñaste tantas veces.

El Loro Borracho existe, si, has llegado. Lo frecuentan piratas hospitalarios de parche en el alma y corazón de palo. Cojean bailes inventados con sirenas afónicas que miran a los ojos pidiendo otro trago. En la barra, tigres con garfio en la mirada y sonrisa de perro arenero beben despacio. Son la tribu del coral seco, los vagabundos descalzos de la orilla, los buscadores de tesoros ajenos. Y parece que les gustas, que eres reconocido; sonríe tu llegada la tripulación varada, los descuideros amotinados, náufragos desnortados y eternos optimistas sin rumbo.

Visual Flores-Komodo, Alvaro Urkiza

El Loro Borracho huele a salitre y a perfume dulzón. Son solo cuatro mesas gastadas que coleccionan momentos en la terraza, apoyadas sobre troncos clavados en el mar. Horizontes huérfanos de antenas donde quiera que mires. Mezcla de templo y tugurio al aire libre, de redención y pecado, esta cueva ha sobrevivido a cambios inevitables y te espera. En la mesa del fondo Gerard tiene una historia que contarte. Caminas, y el bamboleo de las tablas sueltas bajo tus pies descalzos disimula el paso tambaleante del ebrio y anima el baile.

El propio Loro en persona bendice tu llegada desde su trono de palo. El ave enseñorea el local, parlotea en un agitar de mil colores y lenguas, vuela de aquí para allá, se encapricha de una chica bonita o muerde con el pico las manos de algún turista despistado que se acerca demasiado. Y baila, baila las canciones que interpreta la banda los fines de semana. Igual que ahora, a tu paso, moviendo ebria su cuerpo emplumado como en estado de trance.

alvaro urkiza

Gerard se levanta para recibirte y te ofrece una cerveza bien fría como bienvenida. Sus ojos brillan y se visten de arrugas cuando sonríe al ver tu sed. Tiene aspecto de ropa tendida al sol, de redes secando, de pared cuarteada llena de erosiones que hablan de tiempo y densidad.

Hace ya mucho tiempo que los huesos cansados de Gerard llegaron a esta isla, último puerto de su ruta vagabunda. Han pasado muchos años desde que atracó en este litoral mancillado y aún hermoso, en estas orillas violadas, maquilladas, en esta mujerona de arrabal, palmeras y aguardiente que se levanta cantando y pasea por la playa endomingada al atardecer.

Gerard habla despacio, como los que no tienen edad definida ni prisa. Cuando llegó a la Grand Plage, cuenta, los ferrys y cruceros todavía no descargaban su colección de turistas semanal y los locales vivían en casas de madera orilladas a la playa con sus botes de pesca atracados delante, sobre la arena.

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Gerad desembarcó un día luminoso de la estación más seca. Las calles sin asfaltar, la pequeña iglesia azul, cuatro casonas coloniales y el Loro Borracho le recibieron con un abrazo especial y un ritmo sereno y fresco como la mirada de un niño. Descubrió la hospitalidad espontanea y la caricia de unas olas vacías. Abrió su Escuela de Surf y se dejó llevar por la plenitud de lo perfecto. Y de lo vulnerable.

En aquellos tiempos y casi de manera natural, una silla esperaba a Gerard en la terraza flotante del Loro, la misma desde la que ahora te cuenta  todo esto. El dueño de la taberna os saluda con un gesto de su bastón. Se llama Francois, es un mulato de rizos blancos, invidente ágil pero atento al trasiego del local tras unas enormes gafas de sol. Eternamente acodado al final de la barra en las penumbras del interior, no se pierde nada y tiene un don especial para recordar todo lo que tú dices haber olvidado.

Como la ingenua esperanza de Gerard en aquellos primeros años, su visible convicción de haber encontrado, al fin, su paraíso particular. Las olas de la isla son perfectas para iniciarse en el surf, con fondos de arena accesibles y agua caliente todo el año. Pronto se crea una rutina dulce al ritmo de las mareas y los clientes se acercan a su Escuela, la única abierta entonces. La magia de esos días embriaga al francés y prepara la historia de un sueño de arena y salitre hecho pedazos. La historia de un amor roto, la historia de un crimen, de muerte y resurrección.

(Continúa)

Publicado por Alvaro Urkiza

Transeúnte, surfista, escritor, persona.

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