Como una visita inesperada sucede el día y los rayos de luz dorada duelen en las pupilas de Lara. Envuelta en su edredón, se resiste a salir del sueño, ya con un pie en la vigilia que llaman vida. No desea desprenderse de esa calidez liviana sin gravedad, salir de esa nebulosa fantástica que poseen sus pesadillas. Desde que perdió el trabajo en la editorial sus noches son cada vez más largas y sus días más lentos. Le cuesta encontrar razones para levantarse por la mañana, está confusa; a veces, cuando se acuesta, piensa que en realidad está despertando. Antes del café y sin abrir del todo los ojos, sostiene un bolígrafo y escribe, como todos los días, lo que ha ocurrido al otro lado.

El caníbal estaba contento. Esta mañana le encontré cambiado, radiante, con un brillo alegre en sus colmillos tallados. Pidió un bollo de mantequilla y saludó amablemente a la parroquia habitual. Me contó que siempre, desde que era niño, había dormido en una cama de matrimonio y que hacerlo le proporcionó otra perspectiva al significado del vacío. El bollo untado en el cacao goteaba en su trayecto hasta la boca caníbal. Salí de la cafetería imaginando maneras de huir de la ciudad y silbando bajito. Cuando caminaba hacia la parada del autobús tuvo lugar el suceso. Operarios municipales arreglaban el parquecillo que ocupa el vacío inútil entre las autovías. Una motosierra llorando su falta de ruedas termina de podar un tronco japonés gaseado en este anonimato. Los crujidos del árbol al derrumbarse llevan consigo certeza de fuego. Calentará una chimenea, pensé, destellarán sus llamas en las copas del brindis. La esperanza es lo último que se pierde. Puede que con su madera hagan libros, cuadernos, tarjetas de felicitación, periódicos, puede que escriban notas de amor o despedida con su corazón de celulosa. Mi editorial funciona y respiro muy hondo y lleno de aire los pulmones y sonrío sin razón, que es delicioso. Entonces vuelo un rato sobre el césped, deteniéndome a veces, de paseo bajo las nubes. Ya no soy yo, estoy fuera de mí y me contemplo. Lara no cierra los ojos pero siente los vértigos. A su alrededor cantan los pájaros desahuciados buscando otras ramas. Imagina esa pobre chica mil personajes solos en un hotel barato, tres gigantescos desguaces de automóviles y sueña que ha vuelto a fumar.

Por fin, frente a la granja, Peter se sincera: me marcho lejos, Lara, mi voluntad va más allá de lo gerencial, tengo vocación política. Permanecen los dos en silencio mirándose a los ojos. La puerta del porche se abre y aparece el capitán Jones, Lara olvida las máximas de la ingeniería del delito, de la anatomía de la melancolía y de la geometría del silencio. Besa a Peter, empuña un revolver de madera y se lo introduce en la boca. Peter sostiene sus pantalones y resopla, mientras Jones salta hacia ellos arrojando hamburguesas con saña certera. Dos piezas de carne redondeada impactan en el cuello del futuro ministro impidiéndole gritar. El pánico que brilla en sus ojos es de color callejón mojado en noviembre. Lara se da cuenta entonces de que no conoce a ningún Peter y, extrañamente, ni se inmuta.

La madera sabe a avellanas, el odio a mermelada de moras y la razón está enterrada muy hondo. Recetas subconscientes de culinaria satánica. Lara clava los dedos en la tierra y se huele las manos impregnadas de humus. Sopla el viento del oeste trayendo campanas de allá lejos y Jones se retrae dejando hamburguesas deformadas por todo el jardín. Lara suelta el arma, sube a la caseta del árbol y mira por encima de los tejados de la granja hasta la plaza de la ciudad brillante y tenebrosa. Hormiguean presencias atareadas en las calles del centro. Ella sabe que si lo deseara podría volar la ciudad entera en un instante explosivo. Va a hacerlo. Suena la motosierra y el árbol se tambalea otra vez, Lara salta. Los crujidos del tronco al partirse son vagamente familiares y la luz amarilla del alba hiere sus pupilas y Lara frunce el ceño y suspira. Abrazándose, desea no olvidar lo que ha pasado para escribirlo en su cuaderno de pesadillas y salir de la cama y despertar, a pesar de todo, una mañana más.

Publicado por Alvaro Urkiza

Transeúnte, surfista, escritor, persona.

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